Por varias décadas, Colombia y USA han librado una guerra contra las drogas que no han podido ganar. La historia escondida, contada en Porque Lloran Los Tucanes. Mi escape, se desarrolla en la zona roja (de guerra y de masiva producción de cocaína) de las selvas colombianas del Amazonas, donde los cultivadores de coca, en alianza y bajo protección del grupo guerrillero las FARC-EP, han incrementado esos cultivos ilícitos y ayudado a las mafias de narcotraficantes a sostener dicha contienda.
Hoy día, las FARC-EP tiene pleno control sobre las selvas colombianas, y se ha convertido en un poderoso cartel, que produce y controla la mayor cantidad de cocaína en el mundo.
Años previos al desarrollo de esta historia, Colombia rompió relaciones diplomáticas con Cuba por un año, al detectar militares de ese país escondidos en la selva del Caguán. Los Estados Unidos de América, en su apoyo a la guerra contra las drogas, con el envío de tropas y aviones con equipo de alta tecnología, inevitablemente, se han involucrado en el conflicto de Colombia con este grupo rebelde de las FARC-EP, que derribó uno de sus aviones, asesinó a dos de sus tripulantes y secuestró a tres sobrevivientes, ciudadanos estadounidenses.
Este es un testimonio intenso y verdadero, basado en mis vivencias; primero, infiltrado como cultivador de coca dentro de la zona roja; luego, como prisionero político en ese mismo lugar, donde conocí y conviví con cada uno de los personajes de esta narración, y transité los amargos pasajes relatados en este libro.
Por obvias razones, algunos protagonistas, nombres de caracteres, de locaciones específicas donde se desarrollaron determinados eventos, han sido ligeramente cambiados para el desarrollo de mi obra y para proteger a quienes aún siguen viviendo en Colombia; mas, la veracidad de los hechos no ha sido alterada. Cada suceso es íntegramente real.
Varios y violentos atentados fueron hechos en contra de mi vida para evitar la elaboración de mi relato, atentados que me forzaron a vivir en el exilio. Sin embargo, no lamento el riesgo que he tomado y el precio que he pagado por exponer ante los ojos de la humanidad los indecentes actos del grupo de las FARC-EP, con los cuales día tras día sacrifica indiscriminadamente las vidas de inocentes e indefensas mujeres, niños y población civil ajena al conflicto armado, y es artífice de secuestros y asesinatos de extranjeros, como los tres estadounidenses y misioneros indígenas Terence Freitas, Ingrid Washinawatok y Laheenae Gay, y Jennis Thomas, pasajero del avión Cessna 208 Caravan de matrícula americana que fue derribado en febrero de 2003, y plagiarios de la ex-candidata a la presidencia de la República de Colombia Ingrid Betancourt, y otros ciudadanos colombianos y de diversas nacionalidades, que todavía permanecen secuestrados o fueron ejecutados.
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Dedico esta historia a la memoria de las personas inocentes que murieron en los atentados en contra de mi vida
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Primera Parte
Capítulo Uno
En la primavera de mi vida, a la fértil edad de treinta años, fue cuando visité por primera vez la selva del Caguán, localizada al suroriente de Colombia y que forma parte del Amazonas. Por ese entonces, muchos campesinos pobres, provenientes de diferentes áreas a lo largo y ancho del país, junto con gente desempleada de las ciudades, se trasladaron a ese sitio con el propósito de talar dos o tres hectáreas y establecer plantaciones de coca. Estos pequeños cultivos se alojaron en lo más profundo y denso de la selva, separados entre sí por kilómetros de distancia a la redonda, que requerían días de largas y exhaustivas caminatas, o muchas horas de navegación en canoas por el río Caguán y pequeños caños.
La inmensa sombrilla que forma la selva colombiana esconde un salvaje e intrigante mundo, oculto entre enmarañados y sombríos laberintos sin fin. Estos no son otra cosa que cientos de miles de frondosos árboles, que, con sus tupidos follajes, crean una inquebrantable cubierta, cercenando los rayos del astro rey. Quien camina entre la selva corre el riesgo de perderse bajo su espesura y nunca más volver a ver la luz del sol sobre su cuerpo.
Recuerdo claramente la mañana del día de verano cuando respiré por primera vez el fragante aire de la jungla. Yo era uno de los pasajeros de una canoa de treinta metros de proa a popa y casi un metro de profundidad, sobrecargada de sacos de provisiones y cuatro barriles metálicos. Me encontraba recostado sobre varios arrumes de costales, acompañado por una veintena de colonos a quienes nunca había visto antes. Cinco flacuchentos y olorosos perros gozque dormían en los brazos de unos niños, sus respectivos amos. Era una embarcación impulsada por un ruidoso y viejo motor fuera de borda que con su bramido espantaba bandadas de pavas silvestres y patos pico de aguja trepados a los árboles localizados en la ribera. Nubes de mosquitos zumbaban alrededor de mi cabeza, atacándome el cuello, los brazos y la nuca, y produciéndome una rasquiña desquiciante.
Navegábamos aguas abajo por el Guayas, uno de tantos ríos que bañan la selva y terminan por entregar sus aguas al Caguán. Flotábamos mansamente sobre un cauce lento y profundo, de más de trescientos metros de ancho, que conducía sus frías aguas tranquila y cautelosamente hacia la espesura selvática.
Vestía bluyines, botas de cuero—no muy apropiadas para el calor y la pesada humedad de la selva—, una camisa delgada de vivos colores, de manga larga, y un pesado morral enredado en mis costillas, además de un gorro de iraca que me protegía el rostro del sol y, sobre los hombros, una ruana de hilo que me abrigaba el pecho de la humedad de la brisa. Tirado sobre bultos de provisiones, creía que, al cabo de unas dos o tres semanas, saldría de las profundidades de la selva del Caguán.
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Porque LLoran Los Tucanes. Mi Escape 2
En la vida, muchas veces, persiguiendo alguno de nuestros ideales, tomamos decisiones de una forma fugaz e inmadura, sin considerar en absoluto las posibles consecuencias. Yo caí en una de esas irremediables decisiones y terminé atrapado en un camino infernal y sin retorno. No estoy tratando de evadir la responsabilidad de mis actos. Mucho menos de justificarlos. Mi propia ambición por ver la posibilidad de materializar un propósito me cegó y me hundió en las más profundas y amargas experiencias de la vida, que cambiaron mi destino para siempre.
El ruido ensordecedor del viejo motor retumbaba en mis oídos, llevándome continuamente a ojear el reloj, con la esperanza de que el tiempo hubiese pasado con rapidez. Dos horas habían transcurrido desde el paso por el pequeño poblado de Río Negro, el último vestigio de civilización. Estaba cansado pero no podía conciliar el sueño. Los miembros de las cuatro familias que iban en la embarcación dormían acomodados de lado o sobre los sacos de la carga, dejándose lacerar por el sol y los mosquitos.
Entonces, me dediqué a observar detalladamente a los viajeros y, por primera vez, noté la tez enfermiza de cada uno de ellos. Sus rostros enseñaban un rudo y acentuado color pálido amarillento que, indiscutiblemente, los identificaba como los habitantes de la jungla. Los niños y sus madres no escapaban de esa tosca palidez. Los hombres mostraban un cansancio apático, envueltos en un halo de permanente preocupación y un tenue estado de alarma que se reflejaba en la timidez de sus miradas. Las sumisas mujeres no lograban ocultar cierto nerviosismo.
Durante las horas de navegación sobre el Guayas, nadie me dirigió palabra alguna. Cada viajero me ignoró abiertamente y varios durmieron con placidez, a pesar del bullicio del motor. Hasta los huesudos perros, adormecidos, parecían no prestarme atención. A mediodía, quienes soñaban, despertaron y, para mi incomodidad, iniciaron entre ellos una serie de murmuraciones. Minutos después, comenzaron a mirarme con recelo, revelando en sus ojos temor, disgusto y, por último, un claro rechazo. La lividez de sus rostros disfrazaba pobremente su constante excitación y delataba que mi presencia les molestaba intensamente.
Yo, para evadir sus suspicaces miradas y procurando calmarme un poco, apoyé mi espalda sobre un bulto, empujé el sombrero sobre mi frente, recosté la cabeza sobre el morral y simulé dormir. Momentos después, espiando por debajo del ala del sombrero, noté que un hombre joven me observaba fijamente. Su mirada era dominante y penetrante. En sus manos, sostenía un libro abierto y, para mi desconcierto, comprendí que mientras yo vigilaba a los cultivadores de coca, él me había estado estudiando con profundo hermetismo. Tenía una corta y poblada barba rojiza, y una larga cabellera que salía por debajo de su sombrero. Su delgado rostro mantuvo constantemente el ceño fruncido y una expresión seca. Cuando traté de cruzar mi mirada con la suya, él, con suma frialdad, volteó su cara, evitando mi contacto visual, y continuó leyendo el libro. Su personalidad era diferente a la de los demás hombres presentes en la canoa. Su mirada era fría, directa e inquebrantable. Era una mirada indescifrable, pues no mostraba el mismo nerviosismo que el resto de los pasajeros. Una mirada penetrante que me inquietó, haciéndome sentir inseguro e indefenso ante él.
Abrumado por la situación, cerré mis ojos para aparentar dormir y comprendí que no iba a ser muy grato viajar en su compañía, ni en la del resto de los navegantes. Serían casi tres días de lenta marcha hasta arribar al puerto de El Café, un punto localizado aguas abajo, al sur de la selva del Caguán, en lo más denso de la jungla, donde esperaba reunirme con mi amigo Ricardo Guerrero. El Café era una de las tantas pequeñas veredas a lo largo de la ribera del río Caguán.
Para poder viajar en la canoa, había entregado al dueño y conductor de la embarcación, un hombre delgado, de rostro huesudo, cuarentón y apodado el Mico,
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3 F. L. Paz
una carta de recomendación escrita de puño y letra por mi amigo Ricardo. Él fue quien me contó de su posible y rápida prosperidad en aquellas lejanías. Durante muchas tardes, en las calles del barrio donde vivía, Ricardo, convencido de mis ansias de riqueza, me informó acerca de cómo, en poco más de un año, él podría hacer fortuna en la selva si yo lo respaldaba económicamente en la plantación de un cultivo de coca. Pero jamás insinuó que tal aventura degradaría nuestras virtudes, mancharía nuestras conciencias, destruiría mi inocencia y arrasaría para siempre con la paz de mi vida. Él sabía mis verdaderas intenciones de viajar a la selva y, a cambio de mi soporte financiero, me guiaría dentro del escondido mundo de la zona roja de la selva del Caguán. Para mi infortunio, lo utilicé como mi pase a las intimidades de ese universo selvático. Y las consecuencias de mi falta de plena lealtad y honestidad para con él me llevaron en pos de una fatídica aventura.
Ricardo, más que un amigo, era un ayudante comisionista con quien había celebrado algunos negocios en la compra y venta de finca raíz; un intermediario de pequeñas transacciones en quien tenía absoluta confianza. Durante dos meses, Ricardo había estado esperando mi llegada al puerto de El Café, un punto donde se ocultaba un cultivo de arbustos de coca de veinticinco hectáreas, uno de los más grandes dentro de esa selva, propiedad de un tío suyo, llamado Anselmo Buenaventura.
Con el dinero de la venta de un terreno rural de mi propiedad en los bolsillos, me interné en esos confines con el propósito de respaldar a Ricardo en su idea de talar en la jungla un terreno de cinco hectáreas donde, como había pactado con él, sembraría un cultivo clandestino de coca, para extraer polvo de base de cocaína y luego venderlo a los compradores de la mafia que iban por él al lugar. Mi objetivo era infiltrarme para apreciar de cerca la forma de vida de los cultivadores de coca, su supervivencia en la jungla y la influencia de los guerrilleros sobre ellos. Deseaba adquirir estos conocimientos para escribir una historia. Pero, en el fondo, iba lleno de rabia, combinada con un toque de venganza, por la vil muerte de Agustín Troncoso, uno de mis asociados en el negocio de compra y venta de finca raíz. Él era casi un hermano, con quien había compartido los mejores años de mi pubertad, y los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) lo habían fusilado meses atrás, por negarse a pagarles una extorsión.
En silencio, reclinado sobre los sacos de provisiones, acorralado por la poco amigable atmósfera a mi alrededor y acosado por el sofocante calor que exprimía gruesas gotas de sudor sobre mi piel, empecé a lamentar mi intromisión en la selva del Caguán. En un vano intento por escapar de tan incómodo momento, traté de enfrascar mis pensamientos ubicando mi imaginación en el poblado de Río Negro, la última localidad en la cual me había embarcado y había hecho el último contacto con la civilización. Río Negro era un sitio lleno de desventuradas casuchas, en su mayoría desprovistas de luz eléctrica, acueducto y alcantarillado, una de tantas poblaciones que los colonos crearon en las inmediaciones de la selva, localizada en las extensas planicies sembradas de pasto para ganado que separaban el pie de monte de la cordillera de los Andes de la selva misma. Un lugar donde moría la punta de una carretera terrosa y descuidada que lo conectaba con la civilización. Para llegar allí, primero se debía arribar a la ciudad de Florencia, capital del departamento de Caquetá. Ésta, con sus doscientos mil habitantes, se halla al sur del país, muy pegada a la falda de la cordillera.
El tiempo de navegación transcurría lento y monótono. Tres horas después de permanecer engullido por el infinito horizonte verde, el cansancio empezó a apoderarse de mi cuerpo. Un pesado adormecimiento me obligaba a cerrar los ojos, pero evitaba ceder debido a mi bien infundido temor de que los cultivadores de coca
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Porque LLoran Los Tucanes. Mi Escape 4
intentaran lastimarme. La brisa me acariciaba el rostro y el sueño comenzaba a doblegarme cuando el sol desplegó sus luces rojizas sobre el horizonte, anunciando el ocaso. Entonces, la canoa fue empujada suavemente de un extremo lateral al otro, ocasionándome un leve sobresalto. Las aguas del río Guayas desembocaban en el majestuoso Caguán, llevando la corriente en diferentes y suaves direcciones, y dándole a la nave una sensación de incontrolables movimientos, como si fuéramos a la deriva.
En la intersección de los dos cauces, las riberas del río Caguán se distanciaron a más de seiscientos metros y las frías aguas formaron una semirrecta de casi cuatro kilómetros de distancia, que se proyectaba en la lejanía hasta voltear ligeramente en un suave ángulo hacia el Sur. En lontananza, y sobre la curva de la cuenca del río, una altiplanicie se asomaba vaga y tímidamente por encima de los árboles más altos.
El sol empezó a esconderse pausadamente tras el horizonte y la canoa navegó lentamente, abrazada por las primeras sombras de la noche. Minutos después, entre la opaca claridad del reflejo de la luz de la luna y sobre la parte más alta de la altiplanicie, surgió una bandera, ondeando, solitaria. Un minuto más tarde, a un kilómetro a la izquierda, al sur de la insignia y muy cerca de la ribera, decenas de apretujadas y diminutas luces de bombillas se abrieron paso entre las sombras y la densidad de la jungla.
Parecía que unos cuantos cientos de estrellas titilantes se habían descolgado de los cielos para amontonarse en ese pedazo de selva y formar un espectro de luces que fueron enseñando un apretujado rancherío.
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